Dragnic García Mia
Schröter Jens
Betancor Orlando
Willems Brian
Gallo Acosta Jairo
Maiwald Florian
Ramos-Vera José
Entre el deber, la responsabilidad y el deseo de escribir en el siglo XXI. Desafíos de las Humanidades y las Ciencias Sociales en los nuevos circuitos del conocimiento
En-claves del pensamiento
Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de MonterreyEste artículo explora el acto de escribir en el siglo XXI como una práctica subjetiva, política y filosóficamente situada, amenazada y reconfigurada por la irrupción de la inteligencia artificial generativa. Desde coordenadas que articulan el psicoanálisis lacaniano, la filosofía continental y la crítica cultural latinoamericana, se argumenta que la escritura no es un instrumento de transmisión de ideas sino la condición misma de producción del sujeto: es desde el vacío, la falta y el límite que el acto escritural cobra sentido. Frente a la fluencia algorítmica que produce texto sin sujeto, sin mortalidad ni responsabilidad, el manuscrito propone leer la inteligencia artificial no como simulacro sino como consumación ontológica del desastre blanchotiano, un vaciamiento que deja todo intacto en la superficie mientras cancela por dentro la posición subjetiva que hace posible escribir. Ante este escenario, la figura de Bartleby emerge como modelo político: no la denuncia nostálgica ni la celebración tecnológica, sino la sustracción activa, habitar la grieta entre lo que la máquina produce y lo que el sujeto rehúsa producir. Escribir hoy es, en última instancia, un acto de resistencia y de coraje político.

			La escritura es un viaje. Somos un viaje infinito que no deseamos ni podemos concluir. Aquello que una época vive no siempre encuentra un correlato inmediato en los lenguajes disponibles para nombrarlo; entre los acontecimientos y sus formas de elaboración se abre con frecuencia un intervalo marcado por restos y opacidades. A partir de aquí, podemos afirmar que somos parte del proceso eterno del devenir viajeros existenciales, deambulando entre manuscritos interminables que a veces solo son re-escritos en otros períodos.

			Frente al imperativo de la época que empuja a un goce sin ley ni contorno, la escritura adquiere el estatuto de una invención subjetiva. No es solo un dique contra la angustia, es la confección de un lazo singular donde el sujeto logra anudar su decir, desde su misma falla y su imposibilidad de decirlo todo. La escritura no es sólo la creación de un límite para el sinfín de ideas y pensamientos, sino la creación misma de un sujeto.

			Arrojados a la travesía de la vida, desde el nacimiento mismo olvidamos nuestra condición de extranjeros, de exiliados. El acto de escribir nos retorna a ese momento olvidado: en el umbral que se abre nace un nuevo diálogo entre la hoja, la palabra, la idea y el tiempo. Regresamos a nuestro origen extraviado, abandonamos el exilio invisible que nos domina y conquista en la cotidianeidad, y volvemos a nosotros y a los otros. Volvemos a ser parte del texto del mundo.

			¿Por qué escribir sobre la escritura en el siglo XXI? Es una pregunta que solo puede responderse en el proceso mismo de construcción de nuevas preguntas. Una época como la nuestra pretende fingir el acceso y la posibilidad de un conocimiento total, absoluto, universal y profundo, mientras el desconocimiento se disfraza de posibilidad con la ayuda de las ilusiones e ideales que la irrupción de la era digital ha incorporado en el ideario contemporáneo.

			

				

				

					
Nuestro devenir es modelado desde reconstrucciones rápidas del vacío. El presente se caracteriza por una búsqueda de masificación de modalidades vacías que pretenden entregar respuestas rápidas a las masas sedientas de rellenos experienciales y existenciales. Ya nadie parece estar en posición de afrontar el fracaso, la derrota y el agujero de nuestro espíritu; ya nadie se mantiene en apertura hacia las preguntas. Evitar la pregunta como instrumento y herramienta filosófica, humana y existencial es asumir la arrogancia de limitar el conocimiento, frenar la investigación y promover formas represivas de ejercer el pensamiento crítico, la responsabilidad, el deber y el rol intelectual.

			

				

				
Estamos inmersos en una época de cambios y transformaciones, una época que posibilita un horizonte diferente, pero en la que también nos orientamos entre coordenadas que nos asfixian: delirios, fragilidades y exilio. Una soledad avasalladora que, no obstante, permite que otras cartografías de la escritura emerjan desde el cambio y el nuevo giro. La escritura, la investigación, el conocimiento, el saber y las modalidades de aprendizaje están reconfigurando su territorio; en ese proceso, los escritores y las escritoras, los lectores y las lectoras, nos encontramos también en posición de deambular, en calidad de turistas de nuestra propia tierra. Estamos invitados a tejer la nueva escritura del siglo XXI en el proceso mismo de escribirlo.

			

				

				
A lo largo del viaje al que se invita al lector en este documento, hemos abordado sucintamente diversas problemáticas que representan en sí mismas momentos relevantes de la contemporaneidad: novedades y acontecimientos que construirán otros modos y formas en el horizonte próximo. El recorrido se aborda desde diversas aristas y latitudes con la finalidad de entregar un primer mapeo general que ilumine zonas oscuras del presente. La escritura no es una zona plana, ligera, limpia y clara; es porosidad, fragmentación, matización, disfraz, aliento. Vida y muerte se encuentran en el proceso escritural para alcanzar un más allá solo accesible en la escritura. Por ello, la diversidad de ideas, autores, temáticas y dilemas que se reúnen aquí no hace más que representar la oscilación, discontinuidad, tensión y dilemas de lo que es escribir y transitar lo escrito en el siglo XXI.

			Hemos de precisar desde el inicio que estos cambios generan dificultades concretas para las universidades. Walters y Wilder descubrieron que ChatGPT frecuentemente fabrica citas bibliográficas:

			

				

				

					
Estas dificultades plantean una cuestión más amplia sobre la importancia, la relevancia, las contribuciones, la responsabilidad y el deber de los intelectuales en nuestra época, como hemos precisado anteriormente. Si los
Coeckelbergh y Gunkel rechazan esta conclusión.

			

				

				

					
En este sentido, cuando las máquinas pueden generar texto plausible a gran escala, la tarea distintivamente humana se convierte en la evaluación crítica de ese texto: preguntarse si una afirmación está justificada, a qué intereses sirve y qué omite. Esto concuerda con la preocupación cognitiva planteada por Gerlich:

			

				

				

					
Esta redefinición también conlleva una dimensión explícitamente política. Coeckelbergh y Gunkel destacan que la IA comunicativa está integrada en estructuras económicas e institucionales específicas, y que los sistemas que configuran el discurso público son propiedad de un pequeño grupo de actores poderosos y están controlados por ellos.

			

				

				

					
Esto plantea una pregunta indispensasable: ¿qué espacio queda hoy para otros modos de escritura, formas que se apartan del ensayo argumentativo, lineal y de autoría única que ha sido durante mucho tiempo la norma en la comunicación científica? En este punto, el trabajo previo de Landow resulta instructivo.

			

				

				

					
Escribiendo antes del auge de los Large Language Model o modelo de lenguaje grande (LLM), Landow argumentó que las tecnologías digitales, y el hipertexto en particular, ya estaban desestabilizando el texto convencional al dispersar la autoridad a través de redes de pasajes enlazados y desplazar el poder del autor hacia un lector activo que elige su propio camino a través del material. Interpretó este desarrollo como una encarnación literal de las ideas crítico-teóricas sobre el texto descentrado y la difusa frontera entre lector y escritor.

			

				

				

					
La tarea y desafío pendientes consisten en asegurar que la experimentación con la forma no se convierta en una manera de eludir la responsabilidad que, como se argumentó anteriormente, sigue siendo la esencia de la autoría. Esta pregunta cobra una pertinencia radical en la actualidad. En la época del desborde de información y la inmediatez de la inteligencia artificial, la escritura es un modo de recordarnos que el límite y la resistencia son más necesarios que nunca.

			Mientras la inteligencia artificial opera desde la completitud del algoritmo -que satura el espacio con un saber preexistente y estadístico-, la escritura humana resiste porque introduce la contingencia del error y la dignidad del tropiezo. Estamos ante nuevas modalidades de saturación del vacío y de elevar la experiencia humana a un más allá desplegando nuevos ideales que amplian los vacíos per-existentes. En este atolladero, aparece la IA, genera textos desde el lleno y la totalidad, mientras el sujeto escribe -o intenta hacerlo- desde el vacío, como un acto poético.

			En la civilización del consumo digital, donde los gadgets están diseñados para obturar la falta de manera inmediata, la materialidad de la escritura reintroduce la dimensión del tiempo y de la espera. Detenerse a escribir es bajarse del flujo conectivo para habitar la pulsión de una falta. Escribir sigue siendo un acto de creación, una poiesis donde un sujeto no solo expone sus ideas o sus pensamientos, sino su límite; es decir, su ser que nunca termina de ser.

			Mucho se ha teorizado sobre el acto de enfrentarse a la hoja en blanco. Allí, cada palabra, cada frase y cada párrafo funciona como una creación que bordea un vacío. Por eso no escribimos para mostrar nuestras certezas, sino, al contrario, para exponer nuestras incertidumbres.

			Escribir es la puesta en escena de un no-saber; funciona como un dique para el sinfín de las ideas. Es la forma en que el sujeto da cuenta de un saber no sabido, aquello que el psicoanálisis ha conceptualizado como el sujeto del inconsciente. Al escribir, somos hablados por el lenguaje. En cada renglón nos dejamos sorprender por lo que cae en la página; algo que produce al escritor y lo engendra.

			No es el escritor quien crea a la escritura: es la escritura la que crea al escritor en un movimiento como bucle infinito construido por el deseo y la justa distancia y abandono. No es la lucha y la búsqueda por el control, la batalla contra el desconocimiento lo que domina la página. Es la página la que, en su condición escurridiza, al albergar la opacidad de nuestro no-saber, nos revela quiénes somos en realidad. Así el estado de las cosas, solo nos queda poder explorar la tesis de que la escritura es un límite de la experiencia por su posibilidad de operar y actuar en un más allá del límite, es el límite y la posibilidad de fisura radical que extiende y amplía el límite mismo, cuestión que abordaremos en el primer apartado de este viaje.

		Walter Benjamin advirtió un problema que sigue presente en buena parte de los debates sobre cultura y producción intelectual. En
La preocupación de Benjamin no se reducía a la desaparición de una forma literaria. Lo que advertía era una modificación más amplia en las condiciones de comunicación de la experiencia. En
La cuestión trabajada por Benjamin puede leerse a la luz de las transformaciones asociadas a la expansión del trabajo cognitivo. Franco Berardi ha analizado este nudo mediante la noción de semiocapitalismo, desarrollada en
Estas transformaciones modifican también las condiciones bajo las cuales se produce la escritura. La producción intelectual en la actualidad se encuentra crecientemente atravesada por métricas de rendimiento que determinan criterios de legitimidad, sistemas de evaluación permanente y exigencias de productividad. La escritura participa de circuitos institucionales que organizan su circulación y orientan los esfuerzos de investigación. La pregunta por la escritura no puede desligarse completamente de estas condiciones porque interroga los tiempos disponibles para la elaboración y los modos mediante los cuales una época delimita aquello que considera digno de ser pensado.

			La obra de Silvia Rivera Cusicanqui introduce una dificultad adicional. La categoría de lo
Este desplazamiento hace visible una tensión clave para pensar la escritura. La pregunta benjaminiana por la experiencia narrable reaparece bajo condiciones de aceleración semiótica y captura económica del lenguaje. Rivera Cusicanqui desplaza todavía más el problema al recordar que no toda experiencia histórica se deja reducir a una forma narrativa estable. Su reflexión muestra que la historia no se agota en lo que alcanza formulación discursiva, porque existen estratos de experiencia que siguen operando aun cuando carezcan de un relato capaz de integrarlos plenamente. Bajo condiciones históricas caracterizadas por la aceleración de los flujos informacionales y por la creciente incorporación del lenguaje a los procesos de valorización económica, esta distancia se vuelve especialmente significativa.

			En este sentido, la escritura no constituye un instrumento transparente de registro, como se mencionó en los primeros párrafos de este artículo. Entre la experiencia y su elaboración permanece una distancia que ninguna formulación consigue cancelar por completo. Quedan restos que desbordan los relatos disponibles y que continúan, sin embargo, ejerciendo efectos sobre el presente. La escritura vuelve sobre esa distancia porque en ella se juega el trabajo mediante el cual una sociedad elabora su experiencia histórica. Las condiciones actuales imprimen a este problema una configuración singular. La dificultad de traducir la experiencia a lenguajes capaces de hacerla inteligible no desaparece; reaparece bajo condiciones históricas distintas.

			A continuación, se desarrollará un ejemplo de estas dificultades de traducción, en el contexto de lo político. Cada época, incorpora nuevos debates y giros teóricos-conceptuales que merecen atención por las transformaciones que se tejen en la construcción del nuevo texto global y la narración del presente. La escritura es también un constante diálogo entre las huellas textuales y las huellas experienciales, un adentro y afuera que despliega entre la vida y la muerte y la búsqueda de un más allá.

		En el apartado anterior, se abordó generalmente la cuestión del significado de la escritura como actividad (inherentemente humana), para continuar con la idea y profundizarla, en este apartado afirmamos que la escritura debe abordarse también como una cuestión relativa a la tensa relación entre el yo y el otro. O, más precisamente, entre la propiedad privada de la propia interioridad cognitiva y emocional y la socialización de esa misma interioridad a través de la escritura.

			Desde esta perspectiva, la escritura misma puede considerarse -tal es la tesis deliberadamente provocadora que sigue- como una actividad intrínsecamente política. En el acto de escribir, el sujeto se ve impulsado, en última instancia, hacia una forma radical de descentramiento: al plasmar el pensamiento por escrito, se prepara simultáneamente el terreno para su socialización y, con ella, para la posibilidad de someterse a la crítica de los demás. En esta dirección, Byung-Chul Han sostiene que los rituales deben entenderse como mecanismos de estabilización social que constituyen una contraparte de la dinámica moderna de la introspección narcisista. Como el propio Han escribe:

			El proceso narcisista de internalización desarrolla una aversión a la forma. Se evitan las formas objetivas en favor de los estados subjetivos. Los rituales eluden la interioridad narcisista. La libido del ego no puede aferrarse a ellos. Quienes se entregan a los rituales deben ignorarse a sí mismos. Los rituales producen una distancia del yo, una autotrascendencia. Despsicologizan y desinternalizan a quienes los practican.

			

				

				

					
Si Han describe los rituales no solo como un mecanismo de estabilización social, sino también como un contramodelo a las formas modernas de interioridad narcisista, en las que se alienta al sujeto (al menos temporalmente) a adoptar una distancia reflexiva de sus propios sentimientos y estados mentales, esta idea puede aplicarse igualmente al proceso de escritura.

			En el acto de escribir, el mundo interior subjetivo se transforma en una forma objetiva y, en última instancia, se expone a la crítica del mundo exterior. En este sentido, el acto de escribir también resiste las tendencias narcisistas identificadas por Han. Aunque el sujeto -junto con las convicciones y los estados afectivos que constituyen la subjetividad humana- sigue siendo la fuente principal de la expresión escrita, la práctica de la escritura orientada a la publicación implica, no obstante, una desprivatización de estos mundos de pensamiento.

			El desarrollo de la IA generativa -en particular, en forma de modelos de aprendizaje de lenguajes- plantea nuevos desafíos para la práctica de la escritura. Si bien el proceso de escribir depende de una forma de descentramiento subjetivo, el sujeto sigue siendo una condición indispensable para dicho proceso. La desprivatización de los mundos subjetivos de pensamiento y sentimiento que se produce a través de la escritura depende, precisamente, de los pensamientos y sentimientos del autor para que este proceso pueda tener lugar. Sin embargo, con la aparición de los chatbots, corre el riesgo de perderse nada menos que el principio mismo de la subjetividad humana. Aplicado al contexto universitario, Antonio Cerella ilustra este punto de la siguiente manera:

			Hoy, gracias a la llamada IA generativa, los estudiantes pueden completar tareas universitarias -e incluso cursos completos- simplemente formulando algunas indicaciones. Por primera vez en la historia, es posible ser estudiante sin practicar el estudio en sí. Para usar una metáfora deportiva, sería como ganar torneos de Grand Slam sin pisar jamás la cancha: una paradoja que privaría al tenista de la práctica que lo define.

			

				

				Antonio Cerella
Aplicado al proceso de escritura en general, no solo se pierde el carácter ritualizador de esta actividad. Más bien, como también se puede inferir del análisis de Cerella, lo que desaparece es el sujeto mismo (en la figura del autor) sobre el cual se sustenta el proceso de escritura. De este modo, es posible producir una amalgama interminable de textos sin la condición previa que originalmente debía estar presente para su producción: el propio autor.

			Sin embargo, al hacerlo, se pierde también el carácter emancipador de la escritura. La expansión ilimitada de la producción textual, posibilitada por la aparición de la IA, contradice el fenómeno de la creatividad humana, que a su vez depende de la limitación.

			Como señala Todd McGowan, el capitalismo se caracteriza por una forma inherente de exceso, mientras que el trabajo artístico siempre se ha regido por el principio de la limitación. Al escribir, el autor debe lidiar con recursos limitados -tiempo, fatiga, inventiva, etc.- para, en última instancia, plasmar su mundo interior en la escritura y, de este modo, desprivatizarlo.

			

				

				

					
Lo anterior, nos invita a detenernos en la importancia y condición escritural. Es decir, frente al goce del pensamiento, la escritura opera como el límite del deseo. Es una posibilidad de lo humano que trasciende en sí mismo lo humano y teje otras modalidades y mundos de lo humano y el horizonte de la humanidad. Es una reflexión del adentro y del afuera, del límite y lo ilimitado y por tanto, nos retorna a la crítica sobre el conocimiento, el desconocimiento.

			Es allí donde se introduce la dimensión de la letra.

			

				

				

					
Escribir es, entonces, el acto valiente de renunciar a la ilusión de control sobre nuestras ideas para dejar que la opacidad de lo que nos falta tome cuerpo. Es pasar del infinito de la cabeza al límite pacificador del papel. Escribir no es trasladar un producto que ya está listo en el pensamiento, sino encontrarse con la fragmentación de lo que se pretendía decir. Revela, de forma inapelable, que el sujeto no es dueño absoluto de su discurso: el lenguaje impone su propio ritmo y sus propios equívocos. Se escribe desde lo que falta, nunca desde lo que sobra. Es mirar y transitar los laberintos del vacío.

			Al operar como un litoral que causa una frontera, la escritura produce, paradójicamente, un alivio. Es un acto de pérdida, una renuncia a la idea perfecta e infinita que habitaba en la imaginación. Es el encuentro con el límite de nuestro propio pensamiento, donde soltar las riendas permite que aparezca la verdad de un saber no sabido.

			

				

				

					
En el pensamiento, las ideas flotan en una dimensión donde todo es posible, una ilusión de totalidad que suele rozar la angustia o el delirio. El pensamiento aparece como infinito, etéreo y, a menudo, abrumador. La palabra hablada fluye, cambia y puede sostener el engaño de que nos entendemos. La escritura, en cambio, hace de litoral: separa la tierra firme del océano del inconsciente. Al inscribirse, el sentido se detiene. Ya no se puede modificar infinitamente; lo escrito, escrito está.

			El lápiz o el teclado imponen una velocidad distinta a la del pensamiento. En ese desfase, la idea
Sin embargo, en esa misma renuncia radica su poder terapéutico y pacificador. Al darle un contorno al vacío, al ponerle un límite al sinfín de las ideas, el sujeto descansa. El papel sostiene, finalmente, lo que el sujeto no puede hacer, la imposibilidad de decirlo todo.

			Entonces, esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Qué significa escribir hoy en el siglo XXI? La pregunta vuelve cuando una máquina puede producir texto en cantidades industriales sin sujeto que la oriente, sin escritor que pague el precio de la frase, sin mortalidad que la sostenga. Cuarenta años antes de que existiera lo que hoy llamamos inteligencia artificial generativa, Maurice Blanchot publicó en 1980
La escritura del desastre, en Blanchot, no nombra un género literario ni una temática histórica como el Holocausto o la bomba, nombra una condición estructural del acto de escribir. Escribir consiste en exponerse a una pasividad que no se confunde con la inactividad, sino que designa una entrega activa a una fuerza anónima que excede al sujeto, lo neutro, el
La escritura de inteligencia artificial generativa irrumpe en este escenario con una promesa que conviene examinar. Una máquina entrenada sobre corpus masivos produce texto sin que nadie se borre, sin que nadie pague el precio de la frase, sin que nadie esté exiliado de nada. La pasividad ya está hecha, lo neutro funciona como condición técnica basal, el sujeto está estructuralmente ausente desde el inicio de cada generación, y sin embargo el texto emerge, fluye, satura las pantallas. Cualquier lector de Blanchot reconocerá aquí, en una primera mirada, todas las operaciones que el desastre exigía, salvo una, el sujeto que se borra activamente. La máquina no tiene yo que erosionar porque nunca tuvo yo. Esta ausencia previa permite leer la inteligencia artificial, en una primera lectura, como simulacro técnico del desastre, como aquella estructura que Žižek ha rastreado en la cerveza sin alcohol, el café sin cafeína, la crema sin grasa, la guerra humanitaria sin víctimas, la forma del consumo sin lo que en el consumo resistía.

			Pero hay una frase de Blanchot, escrita en la página inicial del libro, que bajo la luz de la inteligencia artificial cambia el sentido de toda la analogía. 'El desastre lo arruina todo, dejando todo como estaba'.

			

				

				
Este desplazamiento entre las dos lecturas, donde la apariencia del simulacro revela la consumación que ocultaba, es lo que Žižek llama paralaje en sentido estricto, el desplazamiento mismo entre dos perspectivas, no las dos posiciones que el desplazamiento conecta. El Real lacaniano, en el pensamiento paraláctico, es exactamente este
Escribir hoy en el siglo XXI no consiste, entonces, en denunciar la inteligencia artificial desde la nostalgia del escritor mortal, ni en celebrarla como liberación del yo, porque las dos respuestas cierran la grieta paraláctica que constituye el desastre contemporáneo. La denuncia restaura la pureza imposible de un sujeto previo a la máquina. La celebración convierte la pérdida del sujeto en logro técnico, neutralizando lo que la pérdida tenía de desastroso. Ambas suturan el desplazamiento irreductible entre simulacro y consumación que la fluencia algorítmica trabaja por borrar produciendo texto sin fin. El acto político del escritor del siglo XXI consiste en operar sobre esa grieta, en habitarla con la conciencia de Bartleby, en sostener la sustracción contra la presión hacia la fluencia que la máquina hace circular como aire respirable. ¿Qué escritura sería capaz de exhibir el desplazamiento en lugar de suturarlo? ¿Qué uso de la máquina puede convertir su fluencia en exposición de la grieta? ¿Qué quedaría del acto bartlebyano cuando el copista es algorítmico? La cuestión, al final, no es si todavía es posible escribir contra la inteligencia artificial. La cuestión es si tenemos el coraje político de escribir desde el desastre que la inteligencia artificial ha venido a consumar.

		La escritura no posee un cierre. El deseo de escribir, ese deseo avasallador e indomable de escribir, encuentra su bucle en el mismo acto escritural, en el momento en que se concluye una idea, aparece su amenaza, su opuesto y la necesidad de re-escribir y continuar el proceso de escritura. Eso es lo aterrador, lo abrumador y lo sublime de la escritura y lo que sostiene y habita el escritor. Llegar al cierre de este documento es también, dejar nuevas ideas para masticar y desarrollar en otro lugar.

			Concluiremos destacando que la escritura científica es la práctica central mediante la cual se construye, argumenta y se rinde cuentas del conocimiento ante una comunidad académica contemporánea. Sin embargo, en el siglo XXI, las condiciones de la escritura han cambiado profundamente, modificando el lugar de los evaluadores, las editoriales y los editores/as, tanto que como la figura y el rol del autor. La inteligencia artificial generativa (IA), y en particular los grandes modelos lingüísticos (MLL) como ChatGPT, han transformado la escritura científica, que potencialmente era una tarea cognitiva mayoritariamente individual, en un proceso distribuido entre autores humanos y sistemas de generación de texto.

			

				

				

					
Si el texto puede coproducirse con máquinas, la autoría misma se vuelve inestable. O, mejor dicho, en cierto modo, la inestabilidad de la autoría frente a la dinámica de la escritura se refuerza y se reconfigura de una manera nueva.

			

				

				

					
Una de las preocupaciones de la inteligencia artificial (IA) en términos de escritura académica es que lo que produce, edita o inspira ya no es
Sin embargo, lo que la IA cuestiona no es solo la utilidad de tareas de escritura específicas, sino las ideas sobre el significado mismo de la escritura. En 'Lo que enseñamos cuando enseñamos a escribir: adoptar la IA generativa a través de una pedagogía de la escritura en contra', John Warne Monroe afirma que 'necesitamos saber, urgentemente, qué enseñamos cuando enseñamos a escribir, para poder seguir enseñándolo incluso cuando, bajo la presión de la tecnología, 'escribir' llegue a implicar algo muy diferente de lo que implica ahora'.

			

				

				
En 2020, K. Allado-McDowell, fundadora del grupo Artistas+Inteligencia Artificial en Google, escribió una novela en colaboración con ChatGPT-3 llamada Pharmako-AI. En resumen, Allado-McDowell no afirma que la IA sea sensible, ni que sea coautora del libro; más bien, describe una relación de poda

			

				

				

					
En resumen, la época actual de la escritura consiste en abandonar las formas antiguas, pero no en limitar las nuevas; dicho de otro modo, la tarea del escritor contemporáneo es intentar abrir el tipo de conocimiento que produce la escritura a posibilidades hasta ahora desconocidas, esto es lo que hemos intentado promover y desarrollar en este escrito tejido desde la colectividad, la tarea pendiente es compleja, este es solo un primer paso a una ardua labor que nos corresponde iniciar.

			Financiamiento

			El presente manuscrito se inscribe en el marco del programa de investigación Cartography of the History of Ideas in the 21st Century: Critical Dialogues with Contemporary Intellectuals, dirigido por la investigadora principal de este artículo. El texto constituye una de las primeras entregas de una serie de publicaciones académicas articuladas bajo dicho programa. La traducción al inglés fue realizada con el apoyo de la Universidad de Los Lagos entidad que financia el programa de investigación.

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